22 abril, 2006

Engelbert y Eliana

Cada vez que escucho a Engelbert Humperdinck, recuerdo a Eliana. Alguna vez, ella me prestó un long play. Y desde hace muchos años me hago la eterna pregunta que todos alguna vez se han hecho: "¿Y si...?". Pero no ocurrió nada. Por supuesto, nos prometimos que si a los 30 años no estábamos casados con otra persona, nos uniríamos para siempre, hasta que la muerte nos separara. Teníamos excusas, sin embargo. Éramos jóvenes. Yo venía llegando de un lejano país, quedé prendado de sus grandes ojos un tanto burlones, su pelo corto, irregular, su sonrisa desconfiada, su alegría innegable, su mirada lúcida sobre la vida en un momento complicado en el país. Pero hubo circunstancias que nos alejaron. Había pololeado con su hermana antes de partir yo a esa beca tan remota (a pesar de haberla liberado durante ese lapso); a mi regreso, partí a trabajar a la capital (a veces, 120 kilómetros es la distancia a la luna); y, claro, hubo el golpe de Estado. Y todo lo que hubo en el país en el intertanto, y después. Partí en un breve exilio que duró 18 años, luego regresé a un país muy distinto en su geografìa política, social, pero sobre todo personal. Regresé con esposa y tres hijas. ¿Donde y cómo estará Eliana? ¿Trabajando aún en el hospital? Supe que se había casado. Debe tener hijos. Nunca me atreví a buscarla. Ante tanto cataclismo, deben conservarse islas y oasis, por pequeños que sean, pero que ya no son efímeros. ¿Dónde estará Eliana?